Gerardo Mejía

 
Comments

Joe Henry y su ‘Invisible hour’, la dilección perfecta para el oído masoquista

Tiene el sutil aroma del Van Morrison de “Moondance” o de “Astral Weeks”, resuella -aunque con cierto sosiego- al primigenio Tom Waits, y es filial indiscutible, musical y letrísiticamente hablando, del Dylan de antes, de ahora y de todos los tiempos. También, claro, circula por terrenos de variados forajidos del underground más lúcido, como los ilustres Chris Whitley o Jim White (del que produjo, por cierto, un disco). Y ya entrado en las comparaciones, que siempre son infames, muestra algunas de sus ideas en documentos musicales que hubiera firmado el mismísimo Nino Rota.

image

Si el anterior intento de descripción del músico, compositor y productor Joe Henry parece un crisol un tanto disparatado, no me culpen a mí. Bueno, no totalmente, pero la verdad es que la música de Joe Henry en su más reciente álbum “Invisible Hour” tiene todos estos y otros atributos, que como puede verse, no son ni pequeños ni escasos.
Siendo un poco más claro, la música de Henry es fundamentalmente folk, pero no cae en el lugar común de la rústica bandita de coffee house, porque el buen Joe sabe inyectarle el brío y la pericia del jazz -un jazz de alguna manera minimalista, destacado sobre todo en los inspiradísimos arreglos- sin necesidad de parecer el grupo más hipster de club nocturno, ni tampoco -faltaba más- el combo de intelectuales graduados de la escuela de música.
El hecho es que con “Invisible hour”, Henry ha logrado un golpe de madurez muy sólido, un toque de autor consagrado, aunque no sea precisamente una gran estrella de la música (eso que quede como escarnio para la actual escena musical en el mundo) sino un artista de verdad.

image

Todos los instrumentos tocados en el nuevo disco de Henry son acústicos (con excepción del bajo en algunos tracks) y por momentos las canciones se escuchan como si fueran el producto de simples jams. Eso tiene dos consecuencias básicas. Por un lado le otorga a sus creaciones una cualidad de cercanía y templanza. Por otro, nos da cuenta del tino de Henry y su banda, que lo hacen ver así de fácil, aunque como todos sabemos, eso que se escucha tan cómodo y sencillo en medio de tan rica estructura, es peliagudamente arduo de gestar y ejecutar. Henry y su grupo lo hacen con maestría.
Así, muchas de las canciones de “Invisible hour” están hechas, ante la ausencia total de cualquier clase de teclados, en base a dos guitarras acústicas, bajo y batería, pero la textura del sonido en el disco se enriquece con la adición de dos instrumentos más o menos inusuales en el panorama común de la música, como lo son la mandola y el mandocello, primos hermanos de la mandolina, que adicionan cierto exotismo a las composiciones.
No obstante, donde está a mi parecer una de las claves mayores en la trascendencia de la música del álbum es en los arreglos de vientos, que simplemente son cosa de otro planeta. Sin el propósito de inventar el ábaco ni mucho menos, hay un gusto sublime a la hora de agregar metales y maderas, específicamente dos saxofones (tenor y soprano) y dos clarinetes (uno de ellos clarinete bajo) todos tocados por el hermano de Joe, Levon Henry, en gloriosas multipistas.

image

Y de la lírica de Joe Henry ni qué decir. Carga con tristezas y también con esperanzas. Convoca encuentros, persigue ausencias, combina la eternidad y el instante, reta al misterio, sucumbe al mito, constryue quietudes, descubre fantasmas, destila verdades de todos los días, encierra en su seno el romanticismo, la exaltación, la abyección, la muerte, en una palabra, la poesía.
Y sí, puede ser que por momentos el álbum de Joe Henry suene como la marcha fúnebre del amor sin memoria, o la canción de cuna del tiempo infinito, o qué sé yo, pero no es difícil llegar a la conclusión de que sus canciones son la dilección perfecta para el oído masoquista: tienen la extraña cualidad de doler y de gustar al mismo tiempo.

 
Comments

Sign (Official Video), del álbum “Invisible hour” de Joe Henry.

 
Comments
 
Comments

Steve Hunter, gestador de maravillas

"Las conmovedoras notas que toca Steve Hunter tienen el equilibrio perfecto de profundo tono cálido, distinción y personalidad… Como un calmo y hermoso lago en la montaña bajo la luna llena".


Steve Vai

image

Hablando en plata, lo más seguro es que no encontraremos fogonazos fatuos ni explosiones de feria en las ejecuciones a la guitarra del gran Steve Hunter, porque prácticamente todo lo que toca en “The Manhattan Blues Project”, su más reciente álbum en solitario, es como un dedo en la llaga, es maestría simplificada a la mínima ostentación, pero elevada a la máxima sensibilidad.
Esto es realmente algo singular, porque Steve tiene un carnet de identificación bastante rockero, que tramitó con méritos de excelencia como colaborador en importantes álbums de figuras clave del género. Alice Cooper, Lou Reed o David Lee Roth pueden atestiguarlo. Incluso Peter Gabriel puede atestiguarlo, aunque la impronta del buen Steve en el primer disco solista de Gabriel allá por el principio de los años 80, tiene, diría que por necesidad, un aroma más fino y sensible y no tan marcadamente rockero.

image

En todo caso el nuevo disco de Hunter no ondea una bandera de rock (aunque no lo evade) sino de blues, pero sin implantarlo o imponerlo a rajatabla, porque a pesar de lo que el título dice, y aceptando que el sentimiento de blues permea todo el disco, más bien contiene una interesante fusión de estilos enmarcados en una especie de serenidad crepuscular, de resguardo tibio, placentero, seductor.
Eso se siente -y con mucha fuerza- desde el mismo tema de inicio, “Prelude to the Blues”, en el que los dedos de Hunter apenas rasgan las cuerdas de su guitarra dentro de un tema instrumental (como todos los del álbum) que no posee realmente una sección rítmica, sino sólo un fondo de sonidos naturales, citadinos, y una dispersión de acordes suaves y holgados sobre los cuales los murmullos de la guitarra de Hunter construyen discretos portentos.
Y esto lo hace sin imprimir a su pulso apresuramientos ni urgencias, sino como reposando un vino, como declamando una saga de quietud, como flotando en una balsa sobre el mar sereno, como descansando bajo la sombra del viejo olmo mientras el arroyo fluye y el ganado pace (bueno, no tan bucólico).

image

Sin embargo el rock profundo sí está presente en “The Manhattan Blues Project” porque Hunter se hace acompañar de algunos de sus amigos que en verdad se la traen (Tony Levin en el bajo es punto y aparte). Para empezar los maestros Joe Satriani y Marty Friedman arman un duelazo fantástico en “Twilight in Harlem”, mientras que el guitarra líder de Aerosmith, Joe Perry, hace dueto nada menos que con un sorprendente -al menos para mí- Johnny Depp (¡sí, el actor!) que ejecuta aquí un solo de guitarra bastante apreciable, y que no queda fuera de lugar entre tanto talento. Vaya, hasta la versión instrumental de la portentosa “Solsbury Hill” de Peter Gabriel suena tremenda, como dirían mi amigo Jaime (y eso que no me gustan mucho las versiones “alternas”, pulidas y endulcoradas de los grandes temas).
Los méritos de “The Manhattan Blues Project”, créanme, no son pocos, tal como no es poco el talento milenario de Steve Hunter, que incluso con una trayectoria de relativo bajo perfil en la historia del rock, tiene para llenarle el ojo al fan más exigente, o taparle la boca al crítico más agrio, aunque más allá de cualquier acción sospechosamente pendenciera, la misión de Steve parece ser más bien la de engendrar maravillas… y obsequiarlas al mundo.

 
Comments

Steve Hunter, “Twilight in Harlem”, del álbum “The Manhattan Blues Project”, con solos de Joe Satriani y Marty Friedman.

 
Comments

Steve Hunter, “222 W 23rd”, del álbum “The Manhattan Blues Project”.

 
Comments

Steve Hunter habla sobre “The Manhattan Blues Project” y presenta algunas pequeñas partes de los tracks.

 
Comments
 
Comments

Nada de caras sonrientes…

Dos jóvenes hermanos son tocados por una tragedia que les es cercana, y el hecho provoca una especie de contienda tensa, pertinaz, recóndita de cada uno consigo mismo, con sus semejantes y con su mundo entero, una repentina, íntima, sensitiva y emocional confrontación ante todo lo que les rodea.
Raudo respondería que sí cuando alguien me preguntara si “Hide your smiling faces”, la ópera prima de Daniel Patrick Carbone, es una de las llamadas cintas “coming of age”. Lo es en el sentido de que trata, al menos en su parte fundamental, sobre la transición de la niñez o adolescencia al mundo adulto, pero -esto es crucial- sin ceñirse a los cánones del género tal como Hollywood los dicta.

Más bién todo parece una ensoñación, o una historia que en su fragmentación encuentra el fluir de su esencia como en un sueño. Y no es que las escenas estén realizadas a manera de visiones delirantes o alucinaciones, o se exhiban representaciones aletargadas y narcóticas, sino que la estructura general del filme tiene la cualidad de parecer estar desarrollándose como dentro de un sueño, es decir, una historia que toma trozos de la realidad y los reacomoda bajo el albedrío de ese estado fisiológico. El sueño, se puede decir, lo sueñan los protagonistas y lo soñamos también los espectadores.
Trascendente es también la presencia imponente de los escenarios naturales. Los chicos se entretienen en actividades que son comunes a cualquier chaval de hoy en día en éste ámbito globalizado, pero su “escenario”, su medio de desarrollo, de desenvolvimiento, es, en éste caso, un terreno bucólico, agreste, que rezuma naturaleza, y que se convierte en una especie de condicionante dentro de éste drama rural norteamericano.

Quizá lo primero que deberíamos hacer al ver “Hide your smiling faces”, es aprecibirnos para entender que más que una película es una reflexión cinematográfica. Más que plasmar un recuerdo patente, da forma a una etérea evocación. Más que encontrar la manera de mostrar una ilustración clarificante, fabrica una viñeta luminosa. Más que desarrollar una historia, formula una progresión poética. Y de esa manera, más que un retrato de cierta etapa de la vida, es un boceto de la existencia.

 
Comments

Page 1 of 28

About

Fui, al pie del dosel que soporta sus joyas adoradas y sus obras maestras físicas, un enorme oso de encías violetas y pelaje encanecido por la pena, con los ojos en los cristales y las platas de las consolas.
Todo se volvió sombra y acuario ardiente.

Stuff I like

See more stuff I like

Credits