Gerardo Mejía

 
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Aprendiz de gigoló

Entre que se pretende comedia romántica y que su argumento trajina en los terrenos de la fantasía (masculina creo yo, y adulta en todo caso) además de implicar un cierto homenaje al cine de Woody Allen, las cosas evidentemente no funcionan al cien en “Fading gigolo”, la más reciente cinta dirigida por John Turturro. Pero antes de que llegue a convertirse en un acre disgusto o una decepción mayúscula, uno termina tomándole cariño a estos personajes entrañables que Turturro y su cuadro de actores tienen el tino de construir y proyectar.

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La historia de “Fading gigolo” es desde luego tan simple como absurda. Tan absurda y simple que logra desarmarnos -a mí me desarma- y es todo un logro y una sorpresa que tan insensata premisa no destruya lo que los intérpretes consolidan. O que al menos no la destruya por completo. Imaginen el concepto: John Turturro en el papel principal como un maduro e inverosímil gigoló, tierno y firmemente varonil a la vez, además de vigoroso; Woody Allen como su gran amigo, ejerciendo de padrote bastante amateur; Sharon Stone como la sofisticada y rica mujer casada y necesitada de otros cariños; Sofía Vergara como la curvilínea hembra depredadora; Vanessa Paradis como una discreta y sensible viuda judía y Liev Shreiber como el eterno enamorado de la viuda.

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Es un hecho que el buen Turturro -Fioravante es el nombre de su personaje- les hace los favores mediante estricto y puntual pago a las tres mujeres (es decir, bien a bien a dos de ellas, de la tercera él supone que se enamora) mientras ejerce su otro oficio de florista en un Brooklyn levemente idealizado, o levemente “woodyallenizado”.

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Y así, porque el guión no da más que para moldear personajes cercanos e íntimos puestos en forma por el buen oficio de los actores (un leve cambio en el semblante de Turturro, un dejo de burla en la sonrisa de Woody, nos dicen más que una historia cuerda) la película navega en serena calma, graciosa, tenuemente romántica, increíblemente absurda y por completo entrañable. Y de no ser por eso, mi retorcida mente me haría pensar que Turturro escribió y dirigió ésta cinta no exactamente pensando en hacer una especie de homenaje a Woody Allen, sino acomodándose a placer el guión para magrearse a Sharon Stone, a Sofía Vergara y a Vanessa Paradis en la misma película, y más aún, a dos de ellas en una misma escena armando un inconcebible menage a trois. Nada tonto el tipo ¿no es cierto?

 
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Historia de guerra

Hay una especie de terquedad metódica en Mark Jackson, un cierto tipo de obstinación estilística por mantener un halo de intriga, un estético hermetismo en el desarrollo del argumento de su más reciente cinta “War story”, pero es tan escrupuloso en su propósito que todo termina por parecer turbio y por contar poco o nada cabalmente entendible o afianzado en la percepción del espectador.
Finalmente, no puedo negarlo, la historia se da a entender, pero a sombrerazos y empujones, y desde luego sin el impacto que podría haber logrado si le hubiera bajado unos grados a sus humos de “cine-arte”, si hubiera tratado de ser menos “enigmático” y sobre todo si hubiera aprovechado mejor con todo ello a una actriz del calibre de Catherine Keener.

Jackson entonces trata de ser intrigante, pero sólo logra ser poco claro, y de paso llevarnos casi a la exasperación por momentos, cuando nos va contando veladamente el día a día de una fotógrafa de guerra después de que ha sufrido un profundo y doloroso trauma, siguiéndola a su autoexilio en Italia y su aislamiento en una habitación de hotel.
Luego las cosas se le complican (a ella, al director y a nosotros como espectadores) cuando en una trama paralela aparece una refugiada a la que la periodista “necesita” ayudar (nunca supe bien a bien de qué manera). El caso es que la historia en sí se va como llega, poco nítida, sacada a tirabuzones, de alguna manera pretenciosa, pero eso sí, muy bien actuada por la Keener -una Keener quien a propósito, se parece cada vez más a Mercedes Sosa- y que por descontado sabemos que con su trabajo puede elevar cualquier producto cinematográfico, como sucede en ésta ocasión. El problema es que con las intenciones del director de relatar ésta historia de manera poco clara, da la impresión de que “War story” nunca logra realmente conectar con las motivaciones del personaje, o más bien nunca logra que nosotros conectemos con ellas, porque créanmelo, parecen una motivaciones profundas, pero la verdad terminamos por pensar que pueden ser cualquier cosa, desde vivir y sufrir la muerte de una persona cercana y muy querida, hasta simplemente estar de mal humor porque un cortocircuito dañó la secadora de pelo de Miss Keener en el set de filmación.

 
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Esta triste desolación…

La venganza, y sobre todo la venganza con altas cotas de violencia, teñida de rojo y empachada de brutalidad, no es para nada una novedad en la pantalla grande. Lo atractivo en el caso del thriller “Blue ruin” del director Jeremy Saulnier es que a pesar de que echa mano de todos esos recursos del género, no cae en la banalidad de la violencia gratuita, ni siquiera en la violencia “artística” ordinaria del filme de festival de cine, sino que la convierte en un recurso lícito, casi imperativo, y yo diría que hasta inevitable, para la recreación de una historia ciertamente previsible en su desenlace dentro del contexto general, pero que tiene, entre tanto, vueltas de tuerca inesperadas que van revitalizando la trama para lograr un guión redondo en una película de factura notable.
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"Blue ruin" es un filme que no puede ocultar sus humildes orígenes presupuestarios, pero eso no le impide mostrar talento y ser grandioso. El principio es calmo y algo vago. Seguimos las andanzas insignificantes de un indigente que muestra el estoicismo flemático de ciertos tipos signados por un traumatismo emocional. Poco después, casi de la nada, surge una noticia que despierta en él un insospechado instinto de venganza. Una venganza de la que nosotros como espectadores no recibimos en principio ninguna señal que nos guíe, más que la que nos va dando su propia e inquebrantable voluntad. Y eso hace palpitar con ímpetu la película, porque vamos descubriendo la historia, su historia y la de su familia (el pasado, sus consecuencias en el presente y las derivaciones a futuro) en medio de una orgía de atrocidad y de sangre y de vendetta y también, sobre todo, de penitencia, porque es evidente que éste tío realiza todas estas bárbaras labores de desquite en contra de sus propias convicciones, haciéndolo sin querer realmente hacerlo, viéndose totalmente obligado por las circunstancias, pero sabiendo que ese es su destino, incluso en los momentos de los temblores en la mano con la que en su parco valor empuña el arma y los ojos se le salen de sus órbitas, donde como sea, se la juega a matar o morir. Así, la semblanza del héroe sin intención, del hombre atrapado por la vorágine del pasado y por las consecuencias de ese pasado, se va fraguando de una manera maestra.
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Supongo, como antes dije, que muchos aficionados al thriller deducirán desde temprano las consecuencias de toda este remolino de acciones viles que envuelven la relación equívoca y feroz de dos familias, pero aún suponiendo qué es lo que va a suceder al final de la historia, la rueda de la fortuna a la que nos sube “Blue ruin” es trepidante. Y no sólo eso, ya que alcanza incluso para incitar a la reflexión sobre cosas tan apartadas de los furores, crueldades y arrebatos que se ven en pantalla, como por ejemplo las consecuencias directas o indirectas de nuestros actos, de lo que nuestro comportamiento rebulle en otras personas, próximas o lejanas, conocidas o desconocidas, amigos o adversarios, culpables o inocentes. Una perspectiva a la que “Blue ruin” nos acerca fatídica y peligrosamente… Aunque con sobrada capacidad y estilo.

 
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'Blue ruin” Trailer oficial.

 
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Joe Henry y su ‘Invisible hour’, la dilección perfecta para el oído masoquista

Tiene el sutil aroma del Van Morrison de “Moondance” o de “Astral Weeks”, resuella -aunque con cierto sosiego- al primigenio Tom Waits, y es filial indiscutible, musical y letrísiticamente hablando, del Dylan de antes, de ahora y de todos los tiempos. También, claro, circula por terrenos de variados forajidos del underground más lúcido, como los ilustres Chris Whitley o Jim White (del que produjo, por cierto, un disco). Y ya entrado en las comparaciones, que siempre son infames, muestra algunas de sus ideas en documentos musicales que hubiera firmado el mismísimo Nino Rota.

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Si el anterior intento de descripción del músico, compositor y productor Joe Henry parece un crisol un tanto disparatado, no me culpen a mí. Bueno, no totalmente, pero la verdad es que la música de Joe Henry en su más reciente álbum “Invisible Hour” tiene todos estos y otros atributos, que como puede verse, no son ni pequeños ni escasos.
Siendo un poco más claro, la música de Henry es fundamentalmente folk, pero no cae en el lugar común de la rústica bandita de coffee house, porque el buen Joe sabe inyectarle el brío y la pericia del jazz -un jazz de alguna manera minimalista, destacado sobre todo en los inspiradísimos arreglos- sin necesidad de parecer el grupo más hipster de club nocturno, ni tampoco -faltaba más- el combo de intelectuales graduados de la escuela de música.
El hecho es que con “Invisible hour”, Henry ha logrado un golpe de madurez muy sólido, un toque de autor consagrado, aunque no sea precisamente una gran estrella de la música (eso que quede como escarnio para la actual escena musical en el mundo) sino un artista de verdad.

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Todos los instrumentos tocados en el nuevo disco de Henry son acústicos (con excepción del bajo en algunos tracks) y por momentos las canciones se escuchan como si fueran el producto de simples jams. Eso tiene dos consecuencias básicas. Por un lado le otorga a sus creaciones una cualidad de cercanía y templanza. Por otro, nos da cuenta del tino de Henry y su banda, que lo hacen ver así de fácil, aunque como todos sabemos, eso que se escucha tan cómodo y sencillo en medio de tan rica estructura, es peliagudamente arduo de gestar y ejecutar. Henry y su grupo lo hacen con maestría.
Así, muchas de las canciones de “Invisible hour” están hechas, ante la ausencia total de cualquier clase de teclados, en base a dos guitarras acústicas, bajo y batería, pero la textura del sonido en el disco se enriquece con la adición de dos instrumentos más o menos inusuales en el panorama común de la música, como lo son la mandola y el mandocello, primos hermanos de la mandolina, que adicionan cierto exotismo a las composiciones.
No obstante, donde está a mi parecer una de las claves mayores en la trascendencia de la música del álbum es en los arreglos de vientos, que simplemente son cosa de otro planeta. Sin el propósito de inventar el ábaco ni mucho menos, hay un gusto sublime a la hora de agregar metales y maderas, específicamente dos saxofones (tenor y soprano) y dos clarinetes (uno de ellos clarinete bajo) todos tocados por el hermano de Joe, Levon Henry, en gloriosas multipistas.

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Y de la lírica de Joe Henry ni qué decir. Carga con tristezas y también con esperanzas. Convoca encuentros, persigue ausencias, combina la eternidad y el instante, reta al misterio, sucumbe al mito, constryue quietudes, descubre fantasmas, destila verdades de todos los días, encierra en su seno el romanticismo, la exaltación, la abyección, la muerte, en una palabra, la poesía.
Y sí, puede ser que por momentos el álbum de Joe Henry suene como la marcha fúnebre del amor sin memoria, o la canción de cuna del tiempo infinito, o qué sé yo, pero no es difícil llegar a la conclusión de que sus canciones son la dilección perfecta para el oído masoquista: tienen la extraña cualidad de doler y de gustar al mismo tiempo.

 
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About

Fui, al pie del dosel que soporta sus joyas adoradas y sus obras maestras físicas, un enorme oso de encías violetas y pelaje encanecido por la pena, con los ojos en los cristales y las platas de las consolas.
Todo se volvió sombra y acuario ardiente.

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