Gerardo Mejía

Lo que Oscar quiere…

No están todas las que son ni son todas las que están, pero éstas nueve cintas representan lo que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood escogió para competir por la mejor película del 2013. Si todavía no las han visto, hay que decir que la mayor parte de ellas vale la pena. Sin embago, y como siempre, la Academia de Hollywood deja fuera alguna que otra joyita de producción gringa, y no se diga las que ignora simplemente porque no se hablan en inglés. Una auténtica locura. El Oscar irá para alguna de las películas que en seguida reseño brevemente. Las pongo sin un orden específico.

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Nebraska

Director: Alexander Payne

Cuando vemos al venerable Bruce Dern sobándose el lomo para hacer de viejo decrépito, obstinado, cascarrabias, con mirada de desamparo y voluntad de hierro, hay momentos en que no podemos distinguir si está actuando o sólo está siendo él mismo. Pero nuestra incertidumbre es justamente la medida de su talento. Desde luego que está actuando, y su actuación es impresionante. Es quizá la mejor representación de su carrera a ésta tardía edad.
Y eso, la actuación de Bruce Dern, es sólo uno de los variados obsequios que nos ofrece “Nebraska” de Alexander Payne, un director que con mucho oficio pinta a base de sutiles trazos un aguafuerte del núcleo familiar norteamericano: dos hijos y sus padres en una especie de road movie de la nostalgia, que persiguen un sueño imposible, y que no obstante nos deleitan con una odisea del reencuentro, de la gratitud, del acercamiento, de la fidelidad y del agradecimiento. Una oda al amor filial que además no pierde pisada en una exacta danza del humor agudo y perspicaz.
Y así como Bruce Dern se nos revela con su demandante papel, la veterana June Squibb nos sorprende con un personajazo, una miniatura intensa, malhablada, agria y claridosa, que más que pelos en la lengua tiene dardos… y los dispara con amazónica -y respetable- puntería.
Y bueno, también está Will Forte. Aquí debo hacer una confesión. Will Forte no era mi comediante favorito en “Saturday Night Live”. De hecho, era para mí un auténtico bulto, un fardo pesado para el resto del riquísimo elenco del programa gringo sabatino. Pero en “Nebraska” se supera a sí mismo con esa misma personalidad cansina, resignada y lerda, a la cual le agrega un toque sensible y adorable.
En suma “Nebraska”, con su admirable fotografía en blanco y negro melancólico, con su ternura auténtica sin melcocha, con su sinfonía de perdedores entrañables, es una pieza exquisita de cine emotivo, cercano, íntimo, profundo. Una obra para disfrutar y agradecer, nada menos.

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The Wolf of Wall Street

Director: Martin Scorsese

Hay algo que ni yo ni nadie (menos yo que nadie) puede refutar: Martin Scorsese es un maestro. Nos tiene sentados, pendientes, en tensión o desahogando nuestro estrés con “The Wolf of Wall Street” durante tres robustas horas, que se hacen nada ante la vorágine de acontecimientos, ante la bola de nieve que se nos deja venir con ésta historia de abusos y desproporciones.
Y es que los “lobos” de Wall Street que nos enseña Scorsese (y supongo que el resto de ellos) son como una raza aparte. Tienen una visión aguda para el atropello, una mano pesada para el exceso y una falta de escrúpulos legendaria. Además se meten cuanta sustancia les altere la percepción (sin consecuencia aparente) y se atiborran de sexo (también sin consecuencia aparente). Hacen fortunas a costa del dinero de otros, mientras les hacen creer que son ellos quienes lo ganan. Y trabajan durante largos períodos de tiempo bajo una impunidad pasmosa.
Todo esto nos lo hace saber Martin Scorsese mediante su talento prodigioso, pero respaldado por una plantilla de actores que trabaja con sobrado despliegue de capacidad, especialmente ese par licencioso, galopante y depravado que forman Leonardo DiCaprio y Jonah Hill, excelentes ambos (aunque Matthew McConaughey está a punto de tragarse la película entera con su minúsculo papel de broker veterano y casi en trance, que le da su discurso-introducción de bienvenida a un DiCaprio novato en esas lides, y de paso nos explica a todos ese mundo maleado e inverosímil de las inversiones y los inversionistas, donde los auténticos ganones son ellos, los intermediarios, aunque nadie realmente lo sepa).
Así que el maestro Scorsese practica de nuevo el tiro al blanco con esa clase de tipos “triunfadores” a las malas y con excesos, exhibiendo escenas que resultan hilarantes viéndolas en el contexto ofrecido por el ojo burlón de Scorsese, pero que pensándolo bien son de un patetismo mortal. A mí me queda claro como advertencia, con la alta carga de cinismo que le imprime -pero diciéndolo muy en serio aunque utilice el humor negro- que estos individuos son desmesurados en su abuso, y ni una pizca de nuestra confianza merecen.
Aparte está, claro, toda la magia de cine verdadero que el buen Martin suele desplegar en la pantalla grande, que hasta adorable puede hacernos parecer a esta sarta de arribistas y crapulosos. Eso es real y categórico talento.

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12 Years a Slave

Director: Steve McQueen

Después de convencer a la crítica y al público con sus dos primeras polémicas cintas (“Hunger” del 2008 y “Shame” del 2011) el director Steve McQueen ataca ahora con una película dura, cruda, visceral, que saca a flote de nuevo un tema difícil: la esclavitud.
Nunca es agradable exponer una cuestión tan aplastantemente injusta y brutal, así que por extensión, el filme de McQueen nunca podría ser agradable. Es, porque así lo necesita, realista. Incluso podría decirse que por momentos es casi hiperrealista, en el sentido de que en su meticulosidad se propone reproducir la realidad de manera más fiel y más objetivamente. Pero a pesar de lo penoso y arduo del tema, su puesta en la pantalla grande es fabulosa. Eso como producto cinematográfico, que le funciona de maravilla por su guión impecable, por su estupenda recreación de época y por otros muchos atributos más, entre los que destaca desde luego el cuadro de actores, donde algunas de las más reconocidas estrellas de Hollywood se comportan de manera infame: Michael Fassbender, Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti. Sólo Brad Pitt es el blanco bueno. Y claro, también está el negro bueno, Chiwetel Ejiofor, quien de por sí tiene en la vida real un gesto como entre angustiado y estoico y que multiplica por cien con su personaje de Salomón Northup, en cuyo libro publicado en el siglo XIX está basada ésta historia.
Ahora que como mensaje político, como testimonio de crueldad, como documento de denuncia, también funciona la película de McQueen. El es un autor sensible, y sabe transmitir esa sensibilidad. Sería importante aquí, en ese sentido, que quien observe “12 Years a Slave”, vea también la atrocidad, la barbarie, la monstruosidad que McQueen recrea desde una época lejana en el tiempo, pero que para cualquier fin práctico sigue marchando, merodeando, acechando en la actualidad al mundo.

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Gravity

Director: Alfonso Cuarón

Con una impecable manufactura en la parte técnica, y con elementos muy sobresalientes en la fotografía (Emmanuel Lubezki de nuevo en plan maestro) y en el diseño de producción, “Gravity”, la película del mexicano Alfonso Cuarón, es un producto redondito, pulido y apantallante, que tuvo todo para ser un triunfo grande en la taquilla (y lo fue, claro) pero que es incapaz de evadir su origen, y por lo tanto queda marcado por ese síndrome del cine “de aventuras” de Hollywood sobre el héroe que lo puede todo, el gran sobreviviente.
Hay momentos en que la película atrapa, sin duda, y emociona. Hay otros en que se le nota mucho el afán de remarcar esas emociones en base sobre todo a la musiquita derivativa de siempre (entre otras cosas).
Supongo que hay que tomarla como lo que es, una cinta de un gran estudio de Hollywood que tiene que cumplir con ciertas premisas básicas de la industria, entre ellas, que… pues que es una película de Hollywood, lo que tiene como consecuencia que la historia no va a ir muy en serio, o al menos no va a tener mucho rigor en esos “pequeños” detalles que muestra la trama, como el ver a un científico desesperado y actuando como niño hiperventilado ante una situación de emergencia. O sea, es un hecho que el personaje de la Bullock no habría pasado el corte en cualquier entrenamiento real para ir al espacio, pero esa es una concesión que -entendámoslo- tenemos que darle para ensanchar nuestro entretenimiento.
En todo caso, y otorgándole esas concesiones, la cinta es harto entretenida, aunque exude Hollywood por todos los poros (¿se nota que utilizo el término en forma peyorativa?), y además haya tenido ese final como de cuento de hadas.

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American Hustle

Director: David O. Russell

"American Hustle" juega con un guión muy ingenioso que despliega gracia, tiene desfachatez y es redondo. Sin embargo lo mejor de la cinta de David O. Russell es su cuadro de actores. Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jeremy Renner y Jennifer Lawrence mantienen el ritmo de la cinta, y hasta podría decirse que David O. Russell casi sale sobrando, lo que no es para nada cierto, porque el buen David tiene lo suyo. Sin embargo "American Hustle" parece ser una de esas auténticas "películas de actores".
Eso ha hecho pensar a muchos que ésta cinta es el mejor homenaje que se le puede hacer a Martin Scorsese, de acuerdo a cómo es llevada la historia y cómo se le da seguimiento, porque -dicen- en manos del director de “Goodfellas” esto habría alcanzado la estratósfera. Bueno, eso nunca lo podremos saber, pero fuera de esas molestas comparaciones, lo que en verdad podemos hacer al ver “American Hustle” es disfrutar de las actuaciones.
Christian Bale, bastante fuera de forma física pero totalmente en su papel, tiene algunos de los momentos más destacados en el filme como un empresario timador de baja estofa. Sabresaliente también está la mujer del momento en Hollywood, Jennifer Lawrence, quien hace una soberbia interpretación de una gringa ultranaca, incontrolable y deslenguada, esposa del personaje de Bale. Lo mismo puede decirse de Amy Adams, Jeremy Renner y hasta de Bradley Cooper, quienes cooperan con su óbolo de talento para fortalecer la presentación general.
La película es muy graciosa dentro de su insolencia (la insolencia de los personajes, del guión, de las situaciones, de la historia real en la que está basada) y uno realmente no se pregunta si en verdad las cosas sucedieron así o simplemente están inventando situaciones para elevar el nivel de nuestro solaz, porque ¿para qué tanta pregunta si la diversión está por encima de todo eso?

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Captain Phillips

Director: Paul Greengrass

Esta propuesta de Paul Greengrass retrata un hecho de gran actualidad internacional: el mundo de los piratas modernos. Claro, no se trata de la romántica imagen de los piratas con parche en el ojo, pata de palo y perico al hombro que navegaban con banderas negras de calaveras y huesos cruzados, sino que éstos son miserables mercenarios obligados por las circunstancias de sus paupérrimos y emproblemados países (en éste caso Somalia en Africa) que buscan el dinero para fines de sobrevivencia y poder político.
Tom Hanks nos ofrece un Capitán Phillips creíble pero un tanto endeble, y la historia no nos evita el panfleto doctrinario sobre el todopoderoso Tío Sam. Es como una advertencia y una demostración de poder: Cuidadito piratas del mundo, aquí estamos para defender la patria y mantener el bienestar de los buenos ciudadanos.
A la correcta realización de Greengrass sin embargo le sobra metraje a mi parecer. El regodeo en las escenas de tensión finales es excesivo e injustificado y a pesar de tener una factura apropiada, no aspira a mucho. Los piratas somalíes se exceden también en sus gesticulaciones, que exageran como para parecer más malos (o más desesperados), pero el hecho es que uno termina pidiendo esquina por el cansancio que provoca la enorme cantidad de minutos que le sobran a la película. Vaya, ver “Captain Phillips” es como pelear un round de box… pero de 30 minutos.

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Dallas Buyers Club

Director: Jean-Marc Vallée

El buen trabajo en ésta cinta del director canadiense Jean-Marc Vallée (autor de la excelente “Café de Flore”, 2011) se ve enriquecido por la notabilísima interpretación de Matthew McConaughey como un cowboy de rodeo promiscuo, drogadicto y homofóbico que tiene un diagnóstico fatídico: es VIH positivo y le quedan 30 días de vida.
Son los años 80, así que además de que el Sida tiene una connotación altamente anti-gay, los médicos están dando palos de ciego en el tratamiento “oficial” que prescriben. El personaje de McConaughey empieza entonces a investigar y descubrir tratamientos alternativos, a la vez que descubre también su temple sensible, su solidaridad plena y en pocas palabras su naturaleza humana más allá de cualquier prejuicio.
Al mismo tiempo y como consecuencia de su toma de conciencia, se hace amigo y socio a golpe de su cada vez más alta sensatez y tolerancia, de otro VIH positivo encarnado por el no menos talentoso Jared Leto, quien da vida a una mariposilla tan aguerrida y cínica como entrañable.
"Dallas Buyers Club" es entonces, sin echar mano del panfleto ni de la melcocha, una cinta de denuncia, pero también una cinta de metamorfosis existencial, de crecimiento filantrópico, que el talento de Letto y sobre todo de McConaughey elevan a considerables alturas (quién lo diría, el buen Matthew, al que hasta hace muy pocos años evitaba como la peste por su desempeño anodino de actorcete del montón, de inepto galán empedernido de la comedia romántica más insustancial, convertido ahora en todo un histrión de cepa, no nada más por su trabajo en ésta cinta, sino por una serie de esfuerzos fructíferos recientes en obras como "Killer Joe" (William Friedkin, 2011), "Mud" (Jeff Nichols, 2012), "The Paperboy" (Lee Daniels, 2012), "The Wolf of Wall Street" (Martin Scorsese, 2013) o la suprema teleserie "True Detective" (2014) en las que se ha percibido su monumental transformación en legítimo actor de grueso calibre).

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Her

Director: Spike Jonze

"Her", el nuevo ingenio de Spike Jonze ("Being John Malkovich", 1999, "Adaptation", 2002) es como una gran metáfora. Una metáfora de las relaciones interpersonales, de las relaciones de pareja, pero sobre todo una gran metáfora del drama romántico en el cine.
Jonze hace uso de la fórmula de ese género cinematográfico para ofrecernos una lectura singular de la relación entre el hombre y la máquina, que no necesariemente es original como concepto, pero sí es una puesta al día del mismo: Theodore (Joaquin Phoenix) no tiene una relación con una máquina exactamente, sino con el cerebro de la máquina. O sea, la inteligencia es sexy (sobre todo si tiene, como en éste caso, la voz de Scarlett Johansson), pero lamentablemente no es, desde luego, la garantía para una relación exitosa.
Además, en el futuro planteado por Jonze -un futuro bastante inmediato a nosotros, a nuestra realidad, a nuestro presente, pues- la posibilidad de ésta relación hombre-máquina es muy cercana, pues la máquina no es un sofisticado robot o cyborg, sino el sistema operativo de una humlide computadora personal.
Entonces tenemos dos niveles en el planteamiento de Jonze. Uno es la “humildad” del origen de la máquina, en éste caso, la parte “femenina” de la relación (me pregunto cuáles habrían sido las consecuencias si el tipo hubiera escogido una voz masculina para interactuar con su Sistema Operativo. ¿Habría seguido el mismo sentido la relación? ¿Habría surgido el mismo tipo de atracción?). La humildad, decía, nos da una sensación de logro, o al menos la posibilidad amplia de conseguirlo.
El otro punto importante de la propuesta de Jonze es que la relación no tiene una resolución tangible, palpable. Su límite es el intercambio de diálogos, de ideas, incluso de “sensaciones” (sensaciones que no pueden ir más allá de la evocación). Sin embargo ¿qué podría ser en esencia una relación de amor sino eso mismo, una afinidad de sentimientos, de afectos, de emociones, de actitudes?
Al no ser exactamente una relación corpórea, nos deja la percepción de que cualquiera que sea nuestro concepto del amor, por más idealista, espiritual, platónico que parezca, es una cosa posible.
Mención aparte merece el gran Joaquin Phoenix. Espectacular su trabajo, oooootra vez. Recordemos que hace casi todo su performance de frente a la cámara o sin interlocutor, una labor altamente desafiante, en la que como es su costumbre, brilla con intensidad.

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Philomena

Director: Stephen Frears

Uno de los principales atractivos de “Philomena” es su ligereza formal -que incluye cierto humor estilo inglés, contenido y discreto, aunque a veces no tanto- en medio de un tema que es absolutamente denso: la pérdida -o ausencia- de un hijo, que bajo las circunstancias que sean es sin duda un pesado lastre. Pero el director británico Stephen Frears balancea el filme con entendimiento, de la mano de los estupendos protagonistas Judy Dench (la anciana madre del hijo largamente ausente) y Steven Coogan (el periodista depresivo y desempleado de mediana edad que se involucra en la búsqueda del vástago como tarea para un reportaje. Por cierto, un pertinente off topic: ¿cuándo se le hará justicia el buen Steve con un premio de los grandes?).
Frears logra entonces entretenernos con ligereza pero sin restarle profundidad a un tema relevante como éste, con una cinta de bajo perfil que sin embargo emociona y conmueve. A Judy Dench se lo creo todo, desde su imagen de señora inglesa de clase media tirándole a baja, sin alcances intelectuales demasiado elevados, pero que es de fuerte carácter y tierna al mismo tiempo, que es espiritual y mundana cuando hay que serlo, que practica sus preceptos religiosos y humanitarios hasta el límite del perdón supremo. Y desde luego que también le creo a Steve Coogan, que con sus aires de inglés medio indolente, semifamoso y económicamente desahogado, le da la contra en concepto y en acciones al personaje de Dench. Antirreligioso y mordaz pero con un bien acentuado sentido común, Coogan es el complemento ideal para la creación y afianzamiento de ésta pareja dispareja que se va compenetrando con el tiempo y el transcurrir de los acontecimientos.
Basada en hechos reales, “Philomena” no es un “divertimento” más, sino una pieza de ligero andar, sí, pero de firme pisada.

MIENTRAS TANTO, EN OTRA GALAXIA…

Lo que pasa es que constantemente son ignoradas por la Academia un sinnúmero de preciosas cintas que hasta podrían ser galardonadas como la mejor, pero que a la vista de los académicos nos tienen  los méritos suficientes para estar allí. Yo sólo nombraré unas pocas de las que no fueron tomadas en cuenta y que sin duda podrían llenar cualquier nominación.

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Una de ellas es sin duda "Inside Llewyn Davis" de los hermanos Coen, que por lo visto no son de la gracia de Hollywood. Su película es brillante y sólida, y aunque está un tanto lejos de sus obras maestras clásicas, tiene el fuelle de un filme robusto y definitivo, que trata sobre un músico folk de principios de los años 60, que pica piedra en el ambiente bohemio de Greenwich Village con corazón y alma, y que sin embargo fracasa justo antes del boom de la música de guitarra de caja y armónica que engrandecieron figuras como Bob Dylan.

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Otra es "Blue Jasmine", obra de uno más de los “apestados” de Hollywood, Woody Allen. El filme más reciente de Allen tampoco es uno de sus mejores, pero posee el inigualable cariz de cine grandioso que constantemente produce el buen Woody (y tiene por cierto una de las mejores actuaciones femeninas de los últimos tiempos: Cate Blachett, que está simplemente insuperable).

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Podría caer en ésta categoría de olvidados de Hollywood la película "The Grandmaster", obra de uno de los mejores autores del cine moderno, Wong Kar Wai. “The Grandmaster” es un placer extremo de imágenes, pero también de sustancia. No es su mejor filme, pero está a la altura de su impresionante talento.

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Ahora que si se me apura un poco (bueno, aunque no se me apure mucho, la verdad) yo votaría como mejor película del 2013 a la italiana "La grande bellezza" de Paolo Sorrentino, que es una obra maestra indiscutible, un conjunto de aciertos cinematográficos, de hallazgos visuales, de profundidades estéticas, en dos palabras de Gran Cine, así con mayúsculas, que le deja a uno con la boca abierta y el corazón palpitante. Eso es cine de verdad, que posiblemente gane como mejor película de habla no inglesa, pero que quedará como tal fuera de los principales reflectores y cadenas de proyección. Otro atropello de la ciega y terca Academia de Hollywood.

 
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¿Yoko…? ¡Oh no!

He escuchado muchísimas veces a través del tiempo, no sólo entre los fanáticos y críticos musicales a nivel mundial sino incluso también entre mis cuates, esa conocida cantaleta denostadora contra Yoko Ono por haber sido “la vieja que provocó el rompimiento de los Beatles”.
Y esa es sólo una de tantas. Recuerdo también aquella leyenda urbana en la que se manejaba que John Lennon andaba con Yoko porque tenía que “cumplir una manda”. Vaya usted a saber a qué santo debía pagar la supuesta manda el buen John, pero era un hecho que de arribista no bajaban a la Ono, y mucho más cuando la escuchaban participar en alguna pieza musical del ex-Beatle, porque era un hecho -decían muchos- que musicalmente nunca tuvo nada qué decir.
Sin embargo el tiempo ha ido poniendo poco a poco las cosas en su lugar. Por un lado, Lennon demostró hasta su muerte lo genuina y profundamente enamorado que estaba de la japonesa, que nunca fue un capricho, y mucho menos una “manda”. Por el otro, el mismísimo McCartney ha declarado que Yoko nada tuvo qué ver con el rompimiento de los Beatles.

Y musicalmente… Bueno, musicalmente Yoko ha recorrido camino conviertiénode cada vez que puede en una instigadora. Ella fue por ejemplo la principal influencia para inducir a Lennon por el lado avantgarde desde la época del “Album Blanco” de los Beatles, que provocó experimentos sonoros en el estudio y que dio como resultado más llamativo ese collage que es la pieza más larga editada por los Beatles, “Revolution No. 9”, por no mencionar aquellos polémicos y poco apreciados álbums que John y Yoko produjeron en los sesenta, cuando todavía los Beatles existían como banda (“Unfinished music No. 1: Two virgins”, “Unfinished music No. 2: Life with lions” y “Wedding Album”, se llamaban). Y en fin, no es poco ni despreciable su trabajo en la Plastic Ono Band o su amplia participación en el disco último de Lennon, “Double Fantasy” donde la mitad de las canciones son de su autoría.
Ya sin John a su lado, Yoko ha recorrido buen trecho en la música. Tiene algo así como 17 álbums en solitario (de los cuales he escuchado completos apenas un par) aunque nunca ha seguido el patrón ordinario de comercio pop, quizá no siempre por voluntad propia. Lo que es un hecho es que jamás ha podido quitarse el estigma de la más insufrible villana rompe-bandas de la historia, y ha sido el punching bag constante  y habitual de casi todo fan de los Beatles.
Pero Yoko ha permanecido, y ahora que está transitando ya dentro de su novena década de vida (cumplirá 81 años éste 18 de febrero) sigue produciendo música… ¡y de la buena! Me refiero a su más reciente álbum “Take Me To The Land Of Hell”, una pieza notable del pop que se carga de otras múltiples expresiones musicales, y que es especialmente enfático en machacarle al avantgarde.

Para revivir la idea de la Plastic Ono Band, tal como lo hizo en el 2009 para el disco “Between My Head and the Sky”, Yoko aprovechó su gran poder de convocatoria e invitó de nuevo a músicos talentosísimos, como Keigo Oyamada (mejor conocido como Cornelius), Yuka C Honda (fundadora de Cibo Matto), el extraordinario guitarrista Nels Cline, la banda tUnE-yArDs de la sorprendente chica Merrill Garbus, y hasta Lenny Kravitz o Mike D y Ad-Rock de los Beastie Boys, además de la participación de su hijo Sean Lennon.
Con ellos y otros invitados, la nueva Plastic Ono Band brilla como un todo y también brillan sus partes, comandadas por Yoko quien compone las letras de todas las canciones, en las que no deja de aparecer un tema que es recurrente en su vida: la paz, o más bien el discurso antibélico. Así, su ejército de músicos excelentes teje la red donde la voz de Yoko se enreda para entonar (y gritar también, claro, aunque en bajas dosis) estas melodías que de pronto se inclinan por el funk, el dance o la balada así como súbitamente dan saltos abruptos hacia algunas sólidas -y deliciosas- ideas de experimentación sonora.
Personalmente considero un maravilla que alquien que ya pasó la frontera de los 80 años de vida siga involucrado en proyectos creativos. Y si lo hace de una manera tan generosa y sobresaliente como Yoko en éste “Take Me To The Land Of Hell” la cosa es ya un auténtico prodigio… por más que la japonesa siga siendo una total bitch para el grueso de la masa de beatlemaniacos del mundo.

 
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Yoko Ono Plastic Ono Band - “Tabetai”.

 
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Joven y bonita

"Jeune et Jolie", la más reciente cinta de Francois Ozon es -para utilizar palabras sencillas- una película que dice algo, y que además sobrepasa el simple hecho de “decir algo” haciéndolo de una manera poco menos que admirable.
A la protagonista, es decir la joven y bonita del título (una Lolita serena y cercana, pero a la vez bastante inquietante) le pasan todas las cosas como al revés, como a contracorriente, y su virtud -pero también su ruina- es la de resisitirse a ser tradicional, aunque de pronto se le antoje obedecer una que otra regla de la tradición.

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Isabelle, la Lolita en cuestión, nos revienta en la cara su postura: independencia llevada a la desinhibición extrema y al desinterés social. En pocas palabras, a la chica de pronto todo le importa un bledo y comienza a prostituirse, en un afán de… no lo sé. Y probablemente ella tampoco lo sepa. Las primeras y más lógicas pistas nos indicarían que su impulso es la codicia, el acumulamiento de capital, lo cual parece inexplicable que suceda dentro de la clase económica a la cual pertenece, que tiene de alguna manera resuelto su bienestar y guarda una aparente armonía familiar.
Sin embargo la agudeza de Ozon nos exhibe la superficie de esas aguas familiares tranquilas y calmas, pero también nos revela sus profundidades, donde se mueven ciclos de vértigo e inmundicia. Eso nos da tal vez una segunda pista sobre las razones de sus impulsos de buscona: la atracción por la figura paterna, porque sus clientes son en general hombres maduros con quienes al menos en una ocasión parece involucrarse afectivamente más allá del acto carnal llano y por interés.

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Pero sea cual fuere el impulso de la joven protagonista para desplegar sus encantos por dinero, y aunque de cierta forma el amor esté involucrado (o el desamor, que es lo mismo pero en sentido contrario) lo que hace la película de Ozon, a veces más, a veces menos sutilmente, es poner en evidencia lo que para el realizador es esa catedral de la moral apócrifa, ese billete falso que constituye la familia como principal núcleo social.
Acaso se salva de la quema sólo el hermano de la chica, un pequeño que apenas sale de la infancia, pero que se comporta más inteligente y solidario que el resto, ya que nadie aparte de él queda muy bien parado en éste exquisito juego de sombras y apariencias disfrazado de sensual relato precoz que es “Jeune et Jolie”.

 
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Steve Hillage re-loaded

Hacía un buen tiempo ya que cualquier novedad del excepcional guitarrista Steve Hillage -hablando en términos musicales- había perdido para mí un poco el brillo de la atracción y el encanto. Nada tiene qué ver con su talento interpretativo, desde luego, era sólo un cierto recelo debido a ese brusco giro que realizó a principios de los años 90 en la tendencia de su música, que pasó de la tradición del mejor rock progresivo “Canterbury” con Gong y como solista, a un estilo house techno electrónico que realiza desde entonces junto a su esposa Miquette Giraudy, en la que se hacen llamar System 7, y que realmente no me entusiasma demasiado.
Así es que debido a eso, casi dejé pasar de largo la producción del 2013 “Phoenix Rising”, que Hillage y Giraudy elaboran ahora al lado de una banda japonesa llamada ROVO. Decía que casi lo dejé pasar, pero no fue así. Y qué error hubiera cometido al ignorarlo. La verdad el cambio, aunque no profundo, sí es espectacular. “Phoenix Rising” es una muestra superior de música electrónica techno-ambient con facciones psicodélico-espaciales.

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Es un hecho que los japoneses de ROVO potencian el sonido de System 7 con la buena ejecución de sus instrumentos. El volumen y la textura se ven enriquecidos con un bajo (Jin Harada), una guitarra más (Seiichi Yamamoto), unos teclados extra (Tatsuki Masuko), una doble batería (Yasuhiro Yoshigaki y Yoichi Okabey) y un violín (Yuji Katsui). Y si a eso le agregamos que el sonido de Katsui con su violín ya sea acústico o electrónico es un excelente complemento para la mítica guitarra de Hillage, entonces estamos hablando de un producto muy, muy respetable.
La mayor parte de las composiciones en “Phoenix Rising” son de Hillage-Giraudy, pero también Katsui y Yamamoto aportan un tema cada uno. Además hay una sorpresa muy especial: su propia versión para “Meeting of the spirits”, composición de John McLaughlin que solía interpretar la Mahavishnu Orchestra.
Es cierto que el disco no alcanza las alturas de maestría de los mejores álbums de Gong o de Hillage solista, sin embargo tiene un standard elevado, que podría levantar sospechas -como a mí me sucedió- por ese regusto techno-ambient que por momentos (pocos) roza las fronteras dance, pero que tiene muchos otros factores favorables para convencer, como su más osado swing, el carácter jam-rock de ROVO y desde luego la herencia progresivo-psicodélica de Hillage y Giraudy.

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Si aún con esos tantos a favor todavía alguien guarda la desconfianza que yo le guardaba a la música que por momentos se escucha en éste álbum, sería bueno recordar lo que una vez me contó mi amigo Jaime González. La anécdota que me transmitió -posiblemente apócrifa, como supongo que solía hacerlo, pero igualmente sabrosa y evidentemente mejor contada que como yo lo hago ahora- era sobre un tipo al que la tradición de su medio acostumbró a escuchar cierta clase de música popular de baja estofa (no menciono géneros musicales para no herir susceptibilidades) que sorprendentemente -he allí el sutil aire espurio en la fábula de Jaime- tenía una sensibilidad del oído por arriba del promedio de su entorno habitual. Así que cuando Jaime le convidó y le hizo escuchar sus gustos y querencias rockeras (progresivo clásico y algo del maestro Zappa, según recuerdo que me dijo) el tipo en cuestión quedó maravillado primordialmente del sonido, más que de los estilos o las ejecuciones. El hecho es que de inmediato mudó sus preferencias musicales hacia el lado del rock… ¡sólo por disfrutar de la resonancia, de la sonoridad de la música!
Debo suponer que la intención de la parábola de mi amigo Jaime González fue demostrar, en primer lugar, que bajo cualquier circunstancia siempre se puede mejorar. Y también -lo más importante en éste caso- que las características de los sonidos en la música, cualquiera que sea su filiación, si son solventes, robustos y sensitivos, pueden llegar a ser el fiel de la balanza que nos empuje a simplemente escucharlos, no importa qué clase de género musical los contenga.
Menciono todo lo anterior porque supongo que debe caerles como anillo al dedo a aquellos que duden, por escrúpulos de estilo, escuchar éste “Phoenix Rising” (aunque más bien parece que fabriqué todo un dedo para el anillo del álbum, lo cual suena realmente escatológico y nauseabundo… Bah, todo sea por fomentar el gusto por el maestro Hillage).

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En la red se pueden escuchar algunos de sus tracks en:

http://rovoandsystem7.bandcamp.com/

 
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ROVO & System 7, “Hinotori” (Official Video).

 
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About

Fui, al pie del dosel que soporta sus joyas adoradas y sus obras maestras físicas, un enorme oso de encías violetas y pelaje encanecido por la pena, con los ojos en los cristales y las platas de las consolas.
Todo se volvió sombra y acuario ardiente.

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