Gerardo Mejía

 
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Boyhood: El cine como la vida… o viceversa

A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse.

Javier Marías, “Corazón tan blanco”.

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El párrafo que hurto de la novela “Corazón tan blanco” de Javier Marías, da pauta, enmarca y de alguna manera bosqueja “Boyhood”, el nuevo esfuerzo de Richard Linklater, una película a la que si un calificativo le sienta perfecto es el de epopeya. Gran epopeya, diría, porque esa “historia única que recordemos y pueda contarse” es justamente lo que Linklater ha hecho con su cinta, ha sabido escoger y rechazar y seleccionar para forjar su obra, su documento, su historia, en éste caso la historia de Mason, un chico al que sigue con su cámara -y con todo su equipo de producción- durante nada menos que 12 años, filmando por cortos períodos cada año con el mismo cuadro de actores, entre los que se incluyen Ethan Hawke y Patricia Arquette.

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Podría “Boyhood” ser una epopeya por ser pensada así, por ser concebida así, o simplemente por el esfuerzo que implicó realizarla y por las dificultades que evidentemente tuvo que pasar la producción entera, pero no lo es sólo por eso, sino porque el producto final, además de un grandioso testimonio, es una obra cinematográfica superlativa.
Belleza y méritos aparte, “Boyhood” es escalofriante por momentos, porque vemos ante nuestros ojos con el rigor y la inclemencia de la obra fílmica que sería pertenencia del género documental, cómo cambia la gente, y paradójicamente, cómo no cambia. Hace que nos cuestionemos sobre nuestra propia realidad, sobre nuestros propios cambios, o la ausencia de los mismos. Cómo por ejemplo los hijos se van convirtiendo poco a poco en imágenes de sus padres, cómo nos vamos traicionando a través de nuestras vidas, y cómo también de alguna manera y al mismo tiempo, seguimos siendo fieles a nosotros mismos.

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Tiene incluso un perfil aleccionador, porque se trata esencialmente de la vida. Nos sacude lo aterrador que es ver pasar ante nuestros ojos tantos y tantos años en la existencia de alguien -aunque se sepa que es un personaje, aunque se sepa que es un actor que está actuando ante una cámara- porque después de todo no es un simple intérprete, sino una persona que vive esos momentos ante la lente, que representa la historia del personaje y de alguna manera su propia historia, y lo hace de tal manera casi perfecta que parece la vida misma. Es, como sólo en el cine lo puede ser, la vida misma. Linklater ha captado en “Boyhood” la existencia, su esencia, su fondo, su sustancia, creando una obra poderosa, que seduce, que perturba, apostando por su talento y por el talento de sus actores y su equipo de producción, pero también apostando por su tenacidad y por su visión.
Existe por ahí un género híbrido del cine llamado “docuficción” del que no sé mucho. Supongo que hay algo de eso en “Boyhood”, pero al revés, es decir una especie -si puede llamarse así- de ficciodocumental, porque en principio se entiende que es una película de ficción, pero lo cierto es que mediante un guión de ficción nos documenta también la vida de los actores a través del tiempo. Vemos los cambios físicos que manifiestan. Los cambios mentales no los vemos, porque el guión de ficción los enmascara, pero los intuimos. Por ejemplo la chica Lorelei, la hija de Linklater, tan extrovertida de niña (esa imitación de Britney Spears es hilarante) luego es, al parecer, aparte de su papel en la cinta, una chica bastante más reservada que en su infancia.

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Y está desde luego el muchacho Ellar Coltrane, fenomenal, que se ve taciturno, rodeado de serenidad y quietud desde su temprana etapa infantil, y que mantiene ese espíritu a través de la cinta. Todo hace suponer que él es justo así y a la vez es el carácter que imprime a su personaje, en un juego de espejos de realidad-ficción inesperado, e impensable en otras circunstancias que no fueran las de “Boyhood”. Desde ese punto de vista, Linklater podría haberse visto limitado para desarrollar el concepto de la historia, si es que la hubiera querido mostrar de una manera “tradicional”, digamos, con diferentes actores para representar al mismo personaje en diferentes etapas de su vida. Pero la presunta limitación de Linklater se convirtió en una virtud, en una posibilidad más rica, en una opción inesperada (¿o el realizador sí lo esperaba?) que le da una dimensión superior a la película y al cine mismo.
"Boyhood" es la vida en el cine más cercana a la vida real, o donde la realidad asoma, irrumpe con más brío y más natural en la pantalla grande, una obra en la que queda claro, como dice Javier Marías, que finalmente nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes… mucho menos después de percibir la irrepetible, la trascendental experiencia de "Boyhood".

 
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Trailer de “Boyhood”.

 
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Aprendiz de gigoló

Entre que se pretende comedia romántica y que su argumento trajina en los terrenos de la fantasía (masculina creo yo, y adulta en todo caso) además de implicar un cierto homenaje al cine de Woody Allen, las cosas evidentemente no funcionan al cien en “Fading gigolo”, la más reciente cinta dirigida por John Turturro. Pero antes de que llegue a convertirse en un acre disgusto o una decepción mayúscula, uno termina tomándole cariño a estos personajes entrañables que Turturro y su cuadro de actores tienen el tino de construir y proyectar.

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La historia de “Fading gigolo” es desde luego tan simple como absurda. Tan absurda y simple que logra desarmarnos -a mí me desarma- y es todo un logro y una sorpresa que tan insensata premisa no destruya lo que los intérpretes consolidan. O que al menos no la destruya por completo. Imaginen el concepto: John Turturro en el papel principal como un maduro e inverosímil gigoló, tierno y firmemente varonil a la vez, además de vigoroso; Woody Allen como su gran amigo, ejerciendo de padrote bastante amateur; Sharon Stone como la sofisticada y rica mujer casada y necesitada de otros cariños; Sofía Vergara como la curvilínea hembra depredadora; Vanessa Paradis como una discreta y sensible viuda judía y Liev Shreiber como el eterno enamorado de la viuda.

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Es un hecho que el buen Turturro -Fioravante es el nombre de su personaje- les hace los favores mediante estricto y puntual pago a las tres mujeres (es decir, bien a bien a dos de ellas, de la tercera él supone que se enamora) mientras ejerce su otro oficio de florista en un Brooklyn levemente idealizado, o levemente “woodyallenizado”.

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Y así, porque el guión no da más que para moldear personajes cercanos e íntimos puestos en forma por el buen oficio de los actores (un leve cambio en el semblante de Turturro, un dejo de burla en la sonrisa de Woody, nos dicen más que una historia cuerda) la película navega en serena calma, graciosa, tenuemente romántica, increíblemente absurda y por completo entrañable. Y de no ser por eso, mi retorcida mente me haría pensar que Turturro escribió y dirigió ésta cinta no exactamente pensando en hacer una especie de homenaje a Woody Allen, sino acomodándose a placer el guión para magrearse a Sharon Stone, a Sofía Vergara y a Vanessa Paradis en la misma película, y más aún, a dos de ellas en una misma escena armando un inconcebible menage a trois. Nada tonto el tipo ¿no es cierto?

 
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Historia de guerra

Hay una especie de terquedad metódica en Mark Jackson, un cierto tipo de obstinación estilística por mantener un halo de intriga, un estético hermetismo en el desarrollo del argumento de su más reciente cinta “War story”, pero es tan escrupuloso en su propósito que todo termina por parecer turbio y por contar poco o nada cabalmente entendible o afianzado en la percepción del espectador.
Finalmente, no puedo negarlo, la historia se da a entender, pero a sombrerazos y empujones, y desde luego sin el impacto que podría haber logrado si le hubiera bajado unos grados a sus humos de “cine-arte”, si hubiera tratado de ser menos “enigmático” y sobre todo si hubiera aprovechado mejor con todo ello a una actriz del calibre de Catherine Keener.

Jackson entonces trata de ser intrigante, pero sólo logra ser poco claro, y de paso llevarnos casi a la exasperación por momentos, cuando nos va contando veladamente el día a día de una fotógrafa de guerra después de que ha sufrido un profundo y doloroso trauma, siguiéndola a su autoexilio en Italia y su aislamiento en una habitación de hotel.
Luego las cosas se le complican (a ella, al director y a nosotros como espectadores) cuando en una trama paralela aparece una refugiada a la que la periodista “necesita” ayudar (nunca supe bien a bien de qué manera). El caso es que la historia en sí se va como llega, poco nítida, sacada a tirabuzones, de alguna manera pretenciosa, pero eso sí, muy bien actuada por la Keener -una Keener quien a propósito, se parece cada vez más a Mercedes Sosa- y que por descontado sabemos que con su trabajo puede elevar cualquier producto cinematográfico, como sucede en ésta ocasión. El problema es que con las intenciones del director de relatar ésta historia de manera poco clara, da la impresión de que “War story” nunca logra realmente conectar con las motivaciones del personaje, o más bien nunca logra que nosotros conectemos con ellas, porque créanmelo, parecen una motivaciones profundas, pero la verdad terminamos por pensar que pueden ser cualquier cosa, desde vivir y sufrir la muerte de una persona cercana y muy querida, hasta simplemente estar de mal humor porque un cortocircuito dañó la secadora de pelo de Miss Keener en el set de filmación.

 
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Esta triste desolación…

La venganza, y sobre todo la venganza con altas cotas de violencia, teñida de rojo y empachada de brutalidad, no es para nada una novedad en la pantalla grande. Lo atractivo en el caso del thriller “Blue ruin” del director Jeremy Saulnier es que a pesar de que echa mano de todos esos recursos del género, no cae en la banalidad de la violencia gratuita, ni siquiera en la violencia “artística” ordinaria del filme de festival de cine, sino que la convierte en un recurso lícito, casi imperativo, y yo diría que hasta inevitable, para la recreación de una historia ciertamente previsible en su desenlace dentro del contexto general, pero que tiene, entre tanto, vueltas de tuerca inesperadas que van revitalizando la trama para lograr un guión redondo en una película de factura notable.
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"Blue ruin" es un filme que no puede ocultar sus humildes orígenes presupuestarios, pero eso no le impide mostrar talento y ser grandioso. El principio es calmo y algo vago. Seguimos las andanzas insignificantes de un indigente que muestra el estoicismo flemático de ciertos tipos signados por un traumatismo emocional. Poco después, casi de la nada, surge una noticia que despierta en él un insospechado instinto de venganza. Una venganza de la que nosotros como espectadores no recibimos en principio ninguna señal que nos guíe, más que la que nos va dando su propia e inquebrantable voluntad. Y eso hace palpitar con ímpetu la película, porque vamos descubriendo la historia, su historia y la de su familia (el pasado, sus consecuencias en el presente y las derivaciones a futuro) en medio de una orgía de atrocidad y de sangre y de vendetta y también, sobre todo, de penitencia, porque es evidente que éste tío realiza todas estas bárbaras labores de desquite en contra de sus propias convicciones, haciéndolo sin querer realmente hacerlo, viéndose totalmente obligado por las circunstancias, pero sabiendo que ese es su destino, incluso en los momentos de los temblores en la mano con la que en su parco valor empuña el arma y los ojos se le salen de sus órbitas, donde como sea, se la juega a matar o morir. Así, la semblanza del héroe sin intención, del hombre atrapado por la vorágine del pasado y por las consecuencias de ese pasado, se va fraguando de una manera maestra.
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Supongo, como antes dije, que muchos aficionados al thriller deducirán desde temprano las consecuencias de toda este remolino de acciones viles que envuelven la relación equívoca y feroz de dos familias, pero aún suponiendo qué es lo que va a suceder al final de la historia, la rueda de la fortuna a la que nos sube “Blue ruin” es trepidante. Y no sólo eso, ya que alcanza incluso para incitar a la reflexión sobre cosas tan apartadas de los furores, crueldades y arrebatos que se ven en pantalla, como por ejemplo las consecuencias directas o indirectas de nuestros actos, de lo que nuestro comportamiento rebulle en otras personas, próximas o lejanas, conocidas o desconocidas, amigos o adversarios, culpables o inocentes. Una perspectiva a la que “Blue ruin” nos acerca fatídica y peligrosamente… Aunque con sobrada capacidad y estilo.

 
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Fui, al pie del dosel que soporta sus joyas adoradas y sus obras maestras físicas, un enorme oso de encías violetas y pelaje encanecido por la pena, con los ojos en los cristales y las platas de las consolas.
Todo se volvió sombra y acuario ardiente.

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